LOS HEREDEROS DE LA GUERRA

El perdón es una palabra borrada del lenguaje de aquellos que han perdido en la violencia a sus padres, hijos, hermanos y amigos.
Es por eso que la guerra se convierte en un círculo vicioso, que comienza nuevamente en el mismo instante en que muchos piensan que ha terminado.
La falta de transigencia, de tolerancia, hace que los duelos de las víctimas, alimenten año tras año sentimientos de venganza.
El odio del pasado repercute en las nuevas generaciones, que comienzan nuevamente a tomar la justicia por sus manos.
La guerra no termina, simplemente toma recesos, simplemente toma aliento para retomar su exterminio.
La muerte es la pesadilla recurrente, que llega de nuevo cargada de motivos y resentimientos; y los hombres, como fieles instrumentos de una guerra absurda, inmolan a sus víctimas y las ofrecen victoriosamente a ese pasado de dolor.
Entonces así, las cuentas son saldadas con sangre, pero los herederos de la guerra, los que hoy ven caer a los suyos, iniciaran una nueva saga.

NOSTALGIA

Los rostros de mi Vereda no son los mismos; otros nuevos se ven por ahí, otros que no dicen nada.

La muerte se ha llevado a muchos, otros se han marchado para no ver a sus muertos en cada tramo del camino.
La indiferencia crece y mi Vereda mira con nostalgia como se alejan los camiones de mudanza; los pocos que quedan se marchan, y las casas vacías se llenan con gentes extrañas, seres fríos que cuelgan en las paredes desnudas retratos sin expresión y sin alma.

El ocaso de las esperanzas avanza y el éxodo de camiones desciende por la montaña.

Ya en la noche, salgo con mi guitarra y entono algunas melodías para ahuyentar los fantasmas; a mi paso encuentro rostros duros que me miran con desdén y desconfianza.

Con tristeza subo al cerro y la voz lúgubre mi Vereda pregunta, y tú ¿cuándo partirás? Y yo le contesto: pregúntale a la muerte hermana, pregúntale a la muerte.

HASTÍO

Quería tan sólo intentar vivir aquello que tendía a brotar espontáneamente de mí. ¿Por qué había de serme tan difícil?
Demián- Hermann Hesse

No reír, no cantar, no desear; alguien lo ha decidido; políticas de mi mente, quizás.
Mis pasos se cansan sin avanzar; y una sonrisa se borra en el intento.
Mis manos, en un ademán de caricias se ocultan en los bolsillos de mi pantalón; ¡cobardes, atreveos, salid y palpad el mundo!, ordeno en balde.
Mi cuerpo se ha anclado en un pantano de desesperanza; soy un monumento humano, un monumento al tedio.
¡Ah Hamlet! Moriremos, dormiremos, ¡soñaremos acaso!

GRAN RECONOCIMIENTO

Hoy, quiero felicitarlos a todos, por ese gran reconocimiento.
Esto marca un precedente en la historia de nuestro barrio, pues hemos trascendido las fronteras y lo más importante lo hemos hecho con nuestras palabras y en busca de nuestros sueños.
Quizás sea la menos indicada para hablar y quizás también mis aportes solo se limiten a la publicación de mis necios pensamientos; pero bueno, es la forma en que creo, puedo contribuir.
Muchachos, hoy ustedes son un paradigma, un ejemplo que quizás muchos seguirán; una muestra de que los esfuerzos tienen su fruto.
Don Alvaro y Gabriel, gracias por su dedicación, por ese interés tan grande en que salgamos adelante con esto, por esa tolerancia, sobre todo con los hijos pródigos de los cuales me considero una; pero bueno, a algunos nos toco así.
Nuevamente felicitaciones, los quiero.

El ademán de las palabras

Definitivamente muchas cosas no se dirán.
Los labios intentan pero reprimen la palabra y el silencio me duele como una herida mortal.
Ahora que tengo las ideas claras, encuentro impertinentes todos los momentos y ninguno parece propicio para hablar.
Lo diría; diría todo lo que tengo para decir, si no tuviera la certeza de que el momento para decirlo ha pasado; si no tuviera la seguridad de que mis palabras ahora son vanas.
Y sin embargo, los labios se entreabren en otro intento, pero la sensatez domina el impulso y el silencio nuevamente hiere.

No eran indiferentes (breve cuento

El sonido de las balas cada vez se escuchaba más cerca; entonces todos alzaban la voz para no escuchar, y formaron una fiesta cuyo motivo siempre ignoré.
Todos a su manera buscaban la forma de hacer ruido. Vi a Julio entrar en su casa y subir el volumen al estéreo.
María Inés pisaba incansablemente el pedal de su máquina de coser para no darle oportunidad a sus oídos de escuchar las detonaciones.
Los niños en el parque gritaban muy fuerte e improvisaban rondas interminables.
Callar significaba escuchar y aceptar la guerra.
Pero la sentencia se había dictado ya contra mi pueblo; nuestro destino era ineluctable.
Una especie de mórbida realidad me obligó a salir al balcón para mirar como, con gran diligencia se acercaban las tropas. Cada estallido me procuraba un estremecimiento mortal.
En ese momento me di cuenta de que mi pueblo no era indiferente a su condena; ellos solo disfrazaban su miedo con una actitud de fiesta.

Evolución

Algo ha cambiado; el paisaje es otro porque alguien hace falta en él.
Su ausencia basta para que todo se modifique; el olor, el color; la percepción es otra.
El mundo que él le significaba ya no está y ahora todo es desierto a su alrededor; hasta el más verde bosque está seco.
Todo es oscuridad, la luz del día no llega y la noche es eterna.
El recuerdo insiste y se hace terco; el recuerdo es impertinente y se torna necio.

El juego del callar

Callaba poco a poco, callaba lentamente; cada vez decía menos, cada vez quitaba algunas sílabas más.
Callaba porque las palabras ya no surtían efecto; callaba porque ya el silencio era más locuaz.
Comencé a callar una tarde fría, comencé a callar mientras decía y cada vez decía menos.
También el felino parecía entrar en el juego del callar; su lenguaje era de ausencias y pisadas silenciosas.
Y el callar seguía su curso.
Callaba para ahorrar aliento; callaba para oír al viento; callaba para no escuchar.

De las costumbres

No debería uno acostumbrarse a ciertas cosas; ni al ojo vigía que sin remedio se cierra; ni a labios que callan; ni a brazos que se abren para no abrazar más.
Tampoco a la luz que se apaga; ni a la palabra que escapa; ni ala mano que suelta a la mano para no tomarla más.
No e debería uno acostumbrarse al calor de un cuerpo encendido; ni al beso húmedo; ni a la caricia fugaz.
Tampoco a la sombra del árbol frondoso; ni a la suave felpa de un felino esquivo; ni al dulce susurro que escucha el oído.
No debería uno acostumbrarse a tanta sonrisa borrada por la tempestad; ni a la sensual silueta que dibuja la montaña; ni al arroyo que se seca; ni a sus aguas que refrescan y ya no refrescan más.
Debería uno acostumbrarse a los colores de la tierra; a los aromas que desprende con la lluvia; a sus formas caprichosas; a sus grietas que nos cuentan algún secreto guardado; a sus entrañas umbrías que esperan por los despojos, de un cuerpo que se acostumbre a su eterna oscuridad.

El comienzo de un largo camino

Hace algunos años tomé la decisión de retomar mis estudios, aquellos que abandonara en mi juventud por esas circunstancias de la vida.
Comencé por validar el bachillerato en el Instituto Corferrini, en su programa semipresencial de los domingos.
Mientras hacía esto, iba alimentando mi sueño de continuar mis estudios superiores, a pesar de que ya los años habían pasado y las posibilidades de pasar a una universidad a la que se presentaban miles de personas, era bastante remota, y más aún cuando debía disputarme un puesto con miles de jóvenes que recién salían de una secundaria regular, y además de esto tenían una preparación preuniversitaria.
Pero esto no me detuvo, y cuando terminé la validación me presenté a la Universidad de Antioquia.
No pasé a la primera, ni a la segunda; pero la tercera fue la vencida; pasé a la Facultad de Licenciatura en Lengua Castellana de la U de A.
Sé que el camino será largo y difícil, pero, pocas cosas son fáciles en la vida.
Hoy entregué la papelería requerida; comienzo el primer semestre a mediados del mes de abril.
Solo quería compartir esta gran satisfacción con ustedes.

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