Baúl de letras

Porque siempre tendrán algo que decirnos

Archivo para junio, 2008

Carta a Franz Kafka

Querido Franz

 

Sé que desde hace tiempo me esperas allá, en las sombras, ocultándote aún de la mirada escrutadora del tirano.

Te escribo para pedirte que esperes un poco más, para decirte que no desesperes, porque ya he comenzado a despedirme del mundo de los mortales para reunirme contigo.

Nuestra cita -mi queridísimo homologo en la desesperanza y la soledad- se cumplirá ineluctablemente.

Pronto caminaremos juntos, libres de la carga de un cuerpo maltratado, libres de las injusticias y la crueldad, libres del prejuicio social; solas nuestras almas se abrazarán en un único y eterno dolor.

Me apena saber que has tenido que soportar solo la amargura de una existencia truncada por la adversidad y la cobardía y que aún después de marcharte, continúas ocultándote detrás de unas manos que no alcanzan a cubrir tu rostro avergonzado y pusilánime.

Te conocí una tarde cuando abrí uno de tus libros y descubrí que ni siquiera la muerte podría redimirte del martirio que te imputó la existencia.

Y allí, por aquellas páginas, te deslizabas como un espectro vagabundo y errante; y me mirabas, te detenías y me mirabas con ojos de súplica, con esos ojos tristemente dulces me pedías que te emancipara de los grillos de la desesperación.

Entonces supe que me conocías, que tu imaginación me había idealizado en un futuro remoto; sabías que nacería y que también yo conocería rigurosamente el dolor y el sufrimiento y sabías muy bien que mi morada en el mundo sería la soledad.

Y te marchaste prematuramente porque sabías que nuestra cita no se cumpliría acá si no allá, fuera de los límites del cosmos.

Espera un poco Franz, y mientras tanto otéame desde la distancia; observa como me enajeno en tus libros, como te veo vagar por tu pasado de calles tristes; espérame mientras poco a poco me despojo de esta materia que aún me encadena al mundo y me impide reunirme contigo para cumplir nuestra cita. 

 

A mis amigos Milthon y Diego Magno

A Milthon

Amigo, se me antoja que alguna vez me lleves en uno de tus viajes de ultra-mundo; se me antoja que me muestres ese edén del que Lilit huyó por miedo a los hombres; se me antoja también que juntos nos dejemos arrastrar por las barbas del tiempo y se me antoja mucho que me presentes a esa muerte con cara de niña, que atenúa con su rostro los temores del ocaso.

Amigo, sácame aunque sea por una vez de esta realidad que se impone con fuerza, de esta verdad sin máscaras que se levanta ante mí; regálame uno de tus senderos secretos, préstame las llave de tu rincón encantado y déjame ser por un día la protagonista fugitiva de uno de tus maravillosos cuentos.

A Diego-magno

Amigo, en ocasiones me pregunto, si tu seudónimo hace alusión a tu estatura o a la vastedad de tu imaginación.

Es difícil elegir una razón sin dejar de pensar en la otra, pues si pienso en la vastedad de tu imaginación y luego alzo la mirada para ver tu rostro –formando en mi cuello casi un ángulo de noventa grados entre la cabeza y la espina dorsal o sea en la cerviz- entonces concluyo que tu seudónimo obedece a lo que yo llamo una combinación síquico-somática, en la que la vastedad de tu imaginación y tu estatura, se conjugan para dar origen a la magnitud de tu seudónimo.

Consumación

Hemos cumplido con nuestro deber de buenos amantes; hemos acatado al pie de la letra las leyes de la naturaleza; nuestras carnes magras , dan fiel testimonio de la labor cumplida, de arduos encuentros en la clandestinidad de un hotel de mediana categoría; nuestras lenguas ya secas han agotado su humedad en insaciables recorridos por la piel.

Hemos hecho lo nuestro, lo correspondiente a nuestras anatomías, a nuestros sexos que ahora marchitos , se sienten como soldados caídos en largas batallas.

Solo nuestras manos se sienten aún con fuerzas para empuñar las espadas y en un ademán de caricias sucumben al fin y descansan en nuestros regazos.

Esta es la satisfacción del deber cumplido, la dulce consumación del deseo.