Baúl de letras

Porque siempre tendrán algo que decirnos

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EN LOS BRAZOS DE MORFEO

Algunos se permiten la dicha o por lo menos la esperanza;
las alas gigantes de la felicidad no abarcan sólo sus cuerpos, también abarcan sus almas.
El sendero está demarcado y la antorcha en alta mano se sostiene firme;
no es fácil tropezar en medio de tanta luz darramada;
sólo algunas veces, el pasado y “la realidad” se anteponen, intentando apagar la llama.
Cuán bellamente dormirán, mientras Morfeo acaricia sus cabellos.

Contraste

Aquella tarde era hermosa y moría en medio de un silencio absoluto.
De pronto, ese silencio era roto por las fuertes detonaciones de un fusil; entonces me daba cuenta que no era la tarde la única que moría en aquel momento,
El sol se apagaba, mientras que un corazón en algún lugar dejaba de palpitar;
La noche llegaba, mientras que un par de pupilas se perdían en la nada.

El ademán de las palabras

Definitivamente muchas cosas no se dirán.
Los labios intentan pero reprimen la palabra y el silencio me duele como una herida mortal.
Ahora que tengo las ideas claras, encuentro impertinentes todos los momentos y ninguno parece propicio para hablar.
Lo diría; diría todo lo que tengo para decir, si no tuviera la certeza de que el momento para decirlo ha pasado; si no tuviera la seguridad de que mis palabras ahora son vanas.
Y sin embargo, los labios se entreabren en otro intento, pero la sensatez domina el impulso y el silencio nuevamente hiere.

No eran indiferentes (breve cuento)

El sonido de las balas cada vez se escuchaba más cerca; entonces todos alzaban la voz para no escuchar, y formaron una fiesta cuyo motivo siempre ignoré.
Todos a su manera buscaban la forma de hacer ruido. Vi a Julio entrar en su casa y subir el volumen al estéreo.
María Inés pisaba incansablemente el pedal de su máquina de coser para no darle oportunidad a sus oídos de escuchar las detonaciones.
Los niños en el parque gritaban muy fuerte e improvisaban rondas interminables.
Callar significaba escuchar y aceptar la guerra.
Pero la sentencia se había dictado ya contra mi pueblo; nuestro destino era ineluctable.
Una especie de mórbida realidad me obligó a salir al balcón para mirar como, con gran diligencia se acercaban las tropas. Cada estallido me procuraba un estremecimiento mortal.
En ese momento me di cuenta de que mi pueblo no era indiferente a su condena; ellos solo disfrazaban su miedo con una actitud de fiesta.

Evolución

Algo ha cambiado; el paisaje es otro porque alguien hace falta en él.
Su ausencia basta para que todo se modifique; el olor, el color; la percepción es otra.
El mundo que él le significaba ya no está y ahora todo es desierto a su alrededor; hasta el más verde bosque está seco.
Todo es oscuridad, la luz del día no llega y la noche es eterna.
El recuerdo insiste y se hace terco; el recuerdo es impertinente y se torna necio.

El juego del callar

Callaba poco a poco, callaba lentamente; cada vez decía menos, cada vez quitaba algunas sílabas más.
Callaba porque las palabras ya no surtían efecto; callaba porque ya el silencio era más locuaz.
Comencé a callar una tarde fría, comencé a callar mientras decía y cada vez decía menos.
También el felino parecía entrar en el juego del callar; su lenguaje era de ausencias y pisadas silenciosas.
Y el callar seguía su curso.
Callaba para ahorrar aliento; callaba para oír al viento; callaba para no escuchar.

De las costumbres

No debería uno acostumbrarse a ciertas cosas; ni al ojo vigía que sin remedio se cierra; ni a labios que callan; ni a brazos que se abren para no abrazar más.
Tampoco a la luz que se apaga; ni a la palabra que escapa; ni a la mano que suelta a la mano para no tomarla más.
No debería uno acostumbrarse al calor de un cuerpo encendido; ni al beso húmedo; ni a la caricia fugaz.
Tampoco a la sombra del árbol frondoso; ni a la suave felpa de un felino esquivo; ni al dulce susurro que escucha el oído.
No debería uno acostumbrarse a tanta sonrisa borrada por la tempestad; ni a la sensual silueta que dibuja la montaña; ni al arroyo que se seca; ni a sus aguas que refrescan y ya no refrescan más.
Debería uno acostumbrarse a los colores de la tierra; a los aromas que desprende con la lluvia; a sus formas caprichosas; a sus grietas que nos cuentan algún secreto guardado; a sus entrañas umbrías que esperan por los despojos, de un cuerpo que se acostumbre a su eterna oscuridad.

El comienzo de un largo camino

Hace algunos años tomé la decisión de retomar mis estudios, aquellos que abandonara en mi juventud por esas circunstancias de la vida.
Comencé por validar el bachillerato en el Instituto Corferrini, en su programa semipresencial de los domingos.
Mientras hacía esto, iba alimentando mi sueño de continuar mis estudios superiores, a pesar de que ya los años habían pasado y las posibilidades de pasar a una universidad a la que se presentaban miles de personas, era bastante remota, y más aún cuando debía disputarme un puesto con miles de jóvenes que recién salían de una secundaria regular, y además de esto tenían una preparación preuniversitaria.
Pero esto no me detuvo, y cuando terminé la validación me presenté a la Universidad de Antioquia.
No pasé a la primera, ni a la segunda; pero la tercera fue la vencida; pasé a la Facultad de Licenciatura en Lengua Castellana de la U de A.
Sé que el camino será largo y difícil, pero, pocas cosas son fáciles en la vida.
Hoy entregué la papelería requerida; comienzo el primer semestre a mediados del mes de abril.
Solo quería compartir esta gran satisfacción con ustedes.

Solo una noche

Le ofrecí mis manos, mis ojos y mis palabras; pero mis manos se quedaron tendidas, mis ojos la siguieron hasta la puerta y mis palabras no lograron alcanzarla.
Recuerdo que su cabello se confundió con el mío en la almohada, pero de repente comenzaron a salir mis primeras canas. Nunca me perteneció menos que ahora, en estos recuerdos; nunca fue mía ni lo será jamás.
Solo fui un vientre, porque no quiso ver mis ojos, ni mis manos y tampoco quiso escuchar mis palabras.
Solo una noche la tuve a mi lado y mientras la luna hacia su recorrido, yo sentía su cuerpecito como una crisálida ansiosa por romperse.
En vano le ofrecí la leche de mis pechos; en vano traté de atraer su mirada que siempre se dirigió hacia la puerta.
Ya en la madrugada observé la más fantástica de las mutaciones; aquella bebita que había nacido la noche anterior, aquel cuerpecillo frágil, se convulsionaba mientras sus miembros se alargaban y maravillosas curvas moldeaban su silueta.
Sus senos se irguieron, sus piernas se tornearon y la firmeza de sus carnes dio forma a una bella mujer.
Su rostro fino parecía irradiar luz propia, y sus ojos grandes, que nunca me miraron, esperaban ansiosos los primeros rayos del sol para partir.
Su cuerpo desnudo permaneció sentado en el borde de la cama; intente alargar mi mano para acariciar sus largos cabellos negros, pero no lo hice, pues presentía que mi misión estaba cumplida.
Y, de pronto, la habitación se llenó de luz, y la esbelta figura avanzó hacia la puerta.
Nunca más supe de ella; en ocasiones me parece verla en la habitación contigua, viendo la televisión; en ocasiones también, me parece escuchar un susurro que me llama… mamá; pero son solo fantasías que se forjan en mi mente.
Fue una noche, tan solo una noche.

VUELVEN LOS PLENILUNIOS

Quiero invitarlos para que nuevamente le rindamos homenaje a la misteriosa dama de la noche.
En vista de la gran acogida que tuvieron los plenilunios y siendo estos una buena forma de integración para el grupo, he tomado la decisión de realizarlos como lo veníamos haciendo cada mes.
La cita será el próximo domingo 8 de febrero a las 4:30 p.m. en la biblioteca Pública Piloto filial La Loma.
Los espero y ojalá lleven algún poema para leer.
También cantaremos y esperamos agregar a nuestro repertorio nuevas canciones.