A mis amigos Milthon y Diego Magno
A Milthon
Amigo, se me antoja que alguna vez me lleves en uno de tus viajes de ultra-mundo; se me antoja que me muestres ese edén del que Lilit huyó por miedo a los hombres; se me antoja también que juntos nos dejemos arrastrar por las barbas del tiempo y se me antoja mucho que me presentes a esa muerte con cara de niña, que atenúa con su rostro los temores del ocaso.
Amigo, sácame aunque sea por una vez de esta realidad que se impone con fuerza, de esta verdad sin máscaras que se levanta ante mí; regálame uno de tus senderos secretos, préstame las llave de tu rincón encantado y déjame ser por un día la protagonista fugitiva de uno de tus maravillosos cuentos.
A Diego-magno
Amigo, en ocasiones me pregunto, si tu seudónimo hace alusión a tu estatura o a la vastedad de tu imaginación.
Es difícil elegir una razón sin dejar de pensar en la otra, pues si pienso en la vastedad de tu imaginación y luego alzo la mirada para ver tu rostro –formando en mi cuello casi un ángulo de noventa grados entre la cabeza y la espina dorsal o sea en la cerviz- entonces concluyo que tu seudónimo obedece a lo que yo llamo una combinación síquico-somática, en la que la vastedad de tu imaginación y tu estatura, se conjugan para dar origen a la magnitud de tu seudónimo.
Consumación
Hemos cumplido con nuestro deber de buenos amantes; hemos acatado al pie de la letra las leyes de la naturaleza; nuestras carnes magras , dan fiel testimonio de la labor cumplida, de arduos encuentros en la clandestinidad de un hotel de mediana categoría; nuestras lenguas ya secas han agotado su humedad en insaciables recorridos por la piel.
Hemos hecho lo nuestro, lo correspondiente a nuestras anatomías, a nuestros sexos que ahora marchitos , se sienten como soldados caídos en largas batallas.
Solo nuestras manos se sienten aún con fuerzas para empuñar las espadas y en un ademán de caricias sucumben al fin y descansan en nuestros regazos.
Esta es la satisfacción del deber cumplido, la dulce consumación del deseo.
Mientras llega la niebla
Entre tanto dormiré en tus brazos; despiértame solo cuando llegue la hora de partir.
Mientras pasa el tiempo, solo quiero estar acá, donde lo único que se escucha es el sonoro palpitar de tu corazón.
No antes quiero despertar; no quiero ver como tus lágrimas caen sobre mi rostro desde la altura de tus ojos tristes; quiero que sea rápido y no tener tiempo siquiera de grabar tu última imagen, tu iris de miel que en cada mirada, me ha regalado el dulce sabor de las colmenas silvestres.
Ya mi mente ha creado el semblante de tu despedida, y es por eso que cuando llegue el momento, partiré pronto y sin mirar atrás.
Hola de nuevo
Carela
Carela me prestó sus ojos por unos momentos; me horroricé y sentí una gran conmiseración por la forma nefasta en que Carela observaba el mundo.
Carela me prestó su nariz y mi pena aumentó al darme cuenta que su olfato no percibía ningún aroma.
Carela me prestó sus oídos y lloré ante tal mutismo.
Carela me prestó su lengua y en vano traté de saborear los manjares.
Carela me prestó su piel y por fin pude saber que Carela estaba muerta; vanas caricias se deslizaron por mi cuerpo.
Sí, Carela ha muerto; solo es un recuerdo con forma de mujer, que camina animado por sinergias físicas.
Pionero
Como río impaciente penetras en el abismo interminable de mis mares, impregnado con mi sal, preso en mis dominios;
Maravilloso huésped que a raudales de dulzura se sumerge en el sosiego de mis aguas y al igual que un gigantesco cetáceo, emerges de vez en cuando para tomar aire y de nuevo descender a mis profundidades en busca de la ruta de un nuevo mundo.
Conquistador de regiones encantadas, de tierras firmes en los confines de un mar desconocido; tierras inmaculadas, tierras libres y sin fronteras que esperan tus manos creadoras y también esperan tus huellas.
Plenilunio
No importa si la noche está fría y cubierta, la luna siempre espera nuestro ritual, porque aunque no pueda vernos, nos escucha y aunque no podamos verla, podemos sentir sus gélidas caricias.
Hola muchachos
Sé que el clima anda caprichoso; pero no por eso dejaremos de reunirnos para celebrar nuestro plenilunio.
Nuestro encuentro será el próximo veinte de abril; nuevamente escucho propuestas.
Saludos
Desahuciada
Con mis manos vacías he llegado y con ellas vacías también partiré.
Todo para mí fue inasible, todo tan resbaladizo y volátil.
Nada jamás me perteneció; nada, excepto este cuerpo decadente que un día dejaré al garete por las cloacas de la humanidad.
Hoy , hablo desde mi soledad, desde la más grande que jamás haya sentido ; hablo desde el miedo aterrador que ahora me embriaga.
Mis sueños se han marchado y solo escucho aquellas palabras homicidas; la procacidad de aquellas palabras que se clavaron como una daga en mi pecho; aquellas que me dejaron inerme; aquellas que me indicaron la puerta de salida.
He rebotado como un hule en las sucias paredes de mi insensatez , y ahora tengo esta daga clavada en mi pecho y sé que cuando alguien la saque, mi corazón saldrá en un hemático raudal de tristezas y esperanzas abatidas.
He sido herida de muerte, herida desde los albores de mi conciencia.
Sé que un día me encontraré de frente con la muerte, y cuando ésta retire de mi pecho la daga, escaparé en ese revoltijo de plasma y corazón.
Sueños de la humedad
Algo viene enredado en los cabellos de la noche; una bruma que se torna en formas genitales, usurpa mis sueños y me toca;
con dedos fálicos y humedos recorre mi piel, y mi cuerpo se sume en una serpenteante convulsión.
Es el maravilloso ultraje de un súcubo, o de un íncubo; no me importa el origen de tal demencia, no me importa quién a hurtadillas penetra en la atmósfera de mi inconsciencia, para derramar sobre mí este nepente de éxtasis, esta suculenta ambrosía exótica, para penetrarme con ojos y boca, con la rareza de sus formas y con sus carnes de ultra-mundo.
Este sueño recurrente me convierte en la concubina de la oscuridad, o quizás en la de un sátiro errante e insaciable.
Despertar de esta ensoñación sería la muerte;
si alguno de vosotros quiere acabar con mi vida, despertadme ahora.
Caracola vacía
En sus paredes de nácar, el viento afina su voz
y también en ella el mar entra y graba el silencio
de su profundidad.
Aquel que la pone en su oído, escucha los pasos
cansados del tiempo, la caída de una lágrima,
rompiéndose contra el alma, una breve carcajada y
un largo suspiro.
También aquel que la pone en su oído,
escucha la voz afinada del viento y el
silencio de la profundidad del mar.