Una realidad ineludible
La dimensión de la “escombrera” es tan grande, que se puede advertir desde cualquier sector de la vereda.
El viernes, cuando Cata y yo trabajábamos en lo del video, pudimos ver -desde un lugar colindante al colegio-, la magnitud de la tragedia.
Me sentí inútil y cuando llegué a casa escribí este poema.
De brazos cruzados
No sientas vergüenza; no eres culpable de tu desnudez.
Gigantes metálicos laceran tu piel, socavan tus entrañas y revelan así tus más profundos secretos.
Hay luto; sí, hay luto por esa muerte que acaece en ti día tras día; esa muerte que el hombre inclemente te propina.
Perdona mi gran omisión, mi gran silencio; este mutismo que se hace cómplice de tu destrucción.
Tus hijos también mueren, pues este holocausto no hace distinción. Mueren abrazados, entrelazando sus ramas y cayendo violentamente sobre tus carnes escaldadas.
Y yo, sigo petrificada, como mármol frío, viendo como tu llaga se hace más grande.
Crecí viendo tu amorfa y bella fisonimía, la sombra de las nubes que te protegía del calor abrasador del mediodía, la lluvia que caía como un bálsamo y reverdecía tus vastos dominios.
Ahora todo es diferente; estás desahuciada y condenada a una muerte ineluctable.
La justicia es indifenrente a tu tragedia y el hombre, un homicida impune.
Yo, un testigo ocular, una inútil espectadora, que te ve morir de brazos cruzados.