Con este breve poema quiero expresar mi gratitud a una vieja amiga.
Canción ausente
No llores cuando me marche y tenga que dejarte sóla en el rincón de siempre;
no olvides que mi voz quedó grabada en tu vientre;
no olvides que mis huellas están por todo tu cuerpo.
Ya de memoria sabes entonar nuestra melodía;
tu tristeza y mi llanto se confundieron muchas veces en acordes menores y mis lágrimas caían sobre tus cuerdas, apagando violentamente el eco de tus lamentos.
No te angusties por mi ausencia; deja que tu cuerpo esbelto repose, hasta que una noche regrese y juntas entonemos nuevamente la canción de siempre.




Ella ha de esperarte, amiga mía, sumida en una infinita tristeza, tristeza silenciosa; ya que hasta para llorar te necesita. Hasta para llorar necesita que la tomes entre tus brazos y la acaricies haciéndola vibrar.
Reposará sobre algún sillón, vestida de negro, esperando que llegues cada noche, con la esperanza de que la desnudes, para que juntas vayan a lugares inexplorados, al ritmo de tu voz, y de sus susurros leves y armoniosos, aveces fuertes y aveces quedos.
Ella ha de esperarte con ansia, mientras tú, Pérfida, la traicionas con un libro de poesía.